jueves, 8 de agosto de 2013

Un miembro de la "maldita policía" es candidato a concejal del massismo

Juan Carlos Rebollo es uno de los hombres que el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, le aporta al Frente Renovador. El hombre arrastra un pasado oscuro como personal del Coti Martínez, un centro clandestino que integró el Circuito Camps.
 
Aquel sujeto, enmascarado con gafas negras y gorrita partidaria, estaba a sus anchas; repartía apretones de manos y se enfrascaba en breves diálogos con los vecinos de Beccar. La escena ocurrió el 3 de agosto en pleno centro de esa localidad. Días antes, en la coqueta Residencia María del Pilar, de Boulogne, el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, lo había presentado como uno de los 12 candidatos a concejales que su distrito le aportaba al Frente Renovador, liderado por Sergio Massa. Ahora, forzando una sonrisa, fatigaba las calles en busca de votos. Es posible que, en tales circunstancias, alguien lo reconociera; ese tipo era nada menos que el comisario Juan Carlos Rebollo. En su lugar, otro hubiera cultivado un estricto bajo perfil.
 
Lo cierto es que su primer refucilo de fama lo emparenta al mundo del rock. En noviembre de 1988, una docena de matones irrumpió en la discoteca Latex, de San Miguel, durante un recital de la banda Los Violadores. Un disparo al aire y el encendido de las luces matizaron esa incursión. Sus protagonistas, provistos de armas cortas, bramaban órdenes incomprensibles, no sin golpear al público, mientras arrojaban al piso pequeños envoltorios de cocaína. Acto seguido, ingresó otra turba, formada por policías, que fue agrupando a la gente a culatazo limpio. Los primeros eran de PROLATIN (Liga Católica Argentina Pro Campaña Latinoamericana de Ayuda al Drogadependiente), una falange parapolicial integrada por oficiales de la Bonaerense, militares carapintadas y lúmpenes suburbanos, supuestamente abocados en la lucha contra el tráfico de drogas. Los otros estaban al mando de Rebollo. El operativo fue legitimado por el entonces juez federal de San Isidro, Alberto Piotti, a instancias del jefe de PROLATIN, Moises Jardín, un cura ultraderechista cuyos acólitos solían financiarse con la venta de pócimas ilegales. Jardín, Piotti y Rebollo formaban un animado trío. Este último vio en la tarea del padre Moisés una causa justa. 
 
Relegado en aquellos días a la comisaría 5ª de Beccar –debido a un sumario que le instruyeron por "irregularidades" cometidas en su paso por la Dirección de Toxicomanía–, Rebollo arrastraba un pasado oscuro. Tanto es así que en los pasillos de la Bonaerense aún hoy se lo recuerda como parte del personal de Coti Martínez, un centro clandestino de exterminio que durante la última dictadura integró el denominado Circuito Camps. De hecho, su apellido figura como tal en el legajo 1277 de la CONADEP. Sin embargo, la justicia jamás lo importunó por ello. 
 
Ya a mediados de los '80, además de su provechosa relación con Piotti, el "Loco" –tal como llamaban a Rebollo sus camaradas– se puso bajo el ala de la línea policial que en esa época ya encabezaban en el corredor norte del Gran Buenos Aires los comisarios Oscar "El Cocodrilo" Rossi y Mario Naldi. Fue en esa época cuando algunas denuncias lo pusieron en aprietos; entre ellas, el "mejicaneo” de casi 300 kilos de cocaína secuestrada en los operativos "Tía María” y "Flamenco”. 
 
Ya se sabe que en marzo de 1994, su amigo, el juez federal, fue promovido a secretario de Seguridad del gobierno de Eduardo Duhalde. Y que formaría un notable equipo con el legendario jefe de la Bonaerense, Pedro Klodzcik. Había comenzado la era de la "maldita policía". Una época de gloria, cifrada en un acuerdo espurio y secreto entre el mandatario y la mazorca provincial: vista gorda ante los negocios, a cambio de su presencia en las calles para así instalar una ilusoria sensación de orden. Rebollo integró la élite de esa alegre milicia de hombres armados.  
 
Fue precisamente Piotti quien rescató a Rebollo de su ostracismo barrial en Beccar para ponerlo al frente del estratégico Comando Islas, en el Tigre. "El Loco" tenía allí su mansión y conocía como nadie aquella zona, clave para el tráfico de todo lo traficable. Su eficacia para hacer caja no tardó en convertirlo en un uniformado muy influyente entre sus pares, al punto de que su propio hogar supo ser un habitual punto de encuentro para los altos dignatarios de la Bonaerense. Lo cierto es que, en el invierno de 1996, un sexto sentido le hizo olfatear el inminente derrumbe de la cúpula policial y la caída en desgracia de Piotti. No menos cierto es que su apurada solicitud de retiro causó asombro en propios y ajenos. 
 
Ya en el alba de este siglo, Rebollo le acercó al intendente de San Isidro,  Gustavo Posse, la idea del Programa Municipal de Cuidado Comunitario, un plan de seguridad generosamente presupuestado y aún en vigencia.  Fue el comienzo de una gran amistad. Juan Carlos Rebollo es ahora una cara de la "nueva política".

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